lunes, 1 de abril de 2019

El liderazgo político en tiempos de desafección ciudadana


Por Santiago Mariani
La expresión “crisis de representación política” para señalar el principal desafío que nuestras democracias enfrentan se ha convertido en algo recurrente. La reiteración del término responde a los numerosos estudios de opinión y encuestas que desde hace tiempo registran una ruptura del vínculo de confianza entre ciudadanos y aquellos que reciben un mandato para representarlos. Los datos muestran que esta tendencia a operar con niveles decrecientes de legitimidad es un fenómeno generalizado y destinado a perdurar.
Ese monstruo que carcome la dinámica de los sistemas políticos, tanto en democracias precarias como algunas de las más consolidadas, ha motivado incontables artículos y movilizado algunos esfuerzos encomiables para mitigar sus efectos. Aunque mucha agua ha corrido bajo el puente, su persistencia se confirma y no se avizoran cambios por el momento, o por lo menos las alternativas que están surgiendo parecieran inclinar la balanza de manera negativa.
La desafección ciudadana que caracteriza a este entripado puede constatarse en la orfandad del espacio que conforma el centro. Las propuestas centristas y moderadas pierden brillo como opciones políticas para abordar y solucionar los problemas que agobian a nuestras sociedades. Mientras las fuerzas centrípetas que tradicionalmente encarrilaban la política hacia ese lugar del espectro van perdiendo credibilidad y no encuentran interlocutores atractivos que entusiasmen a las mayorías, las fuerzas centrífugas que se ubican en los extremos pasan a la ofensiva con capacidad de movilizar voluntades y entronar liderazgos que ofrecen recetas de corte autoritario. 
Esas propuestas provenientes de los sectores más reaccionarios carecían hasta hace poco de posibilidad real de éxito electoral, pero se están convirtiendo en atractivos faros que encandilan a la política a costa de una polarización que crece por doquier. La receta que intentan vendernos para recuperar el paraíso perdido reside en una firme defensa contra los demonios que nos acechan. El extravagante menú apunta a desfinanciar prestaciones básicas, cancelar programas sociales, cerrar fronteras, negar derechos elementales e incluso premiar a los ciudadanos que matan un delincuente, como acaba de sugerir el líder de la agrupación VOX de España.
El desaguisado en el que estamos metidos es una madeja muy compleja de desenredar. Los atajos y remedios simplistas en boga no parecieran ser las soluciones de fondo que nos sacarán del pantano, pero el contexto de enojo, cuestionamiento y desesperación que aqueja a gran parte de la ciudadanía convierten en apetitosas las propuestas reaccionarias que están logrando cuajar como posibilidad política en distintos lugares.
El origen de esta situación debemos rastrearlo en los efectos perniciosos de políticas regresivas que conviven con nosotros desde hace varias décadas. Luego de las crisis económicas que sacudieron al mundo en los años setenta, la prédica de ciertos sectores académicos que postulaban la aplicación de medidas favorables a la acumulación de capital en manos de actores privados para generar una dinámica económica más eficiente, un planteo minoritario y radical, encontró adeptos y apoyo en ese contexto particular.
El credo postulaba que una mejor asignación de recursos e inversión tendría lugar si se permitía la acumulación de capital en el sector privado en vez de seguir canalizando la renta pública a través del estado. Se debía procurar esa acumulación para que pudiera producirse un derrame que recuperara la prosperidad perdida. Si bien es cierto que había sectores ineficientes que debían salir de la órbita de los estados, la nueva ola descalificó su rol en la dinámica económica y social.
Las consecuencias no tardaron en llegar. Los procesos de liberalización y desregulación que se articularon para que esa acumulación de capital tuviera lugar produjo, con el tiempo, la concentración más brutal del ingreso que hemos vivido en toda la historia de la humanidad. El carácter regresivo de esta dinámica desfinanció y debilitó la capacidad de los estados para poder introducir equilibrios, distribuir la renta, cohesionar las sociedades y mantener un piso de igualdad de oportunidades.
La implementación del credo precisó de la aquiescencia de gran parte de la clase política que en algunos casos compró el argumento, pero en otros actuó en directa complicidad. Los medios de comunicación también jugaron un papel determinante. La resultante fue la concentración de un inmenso poder de influencia sobre la política y los medios de comunicación. La política terminó acorralada y vio reducido su margen de maniobra para implementar alternativas correctoras y en los medios de comunicación se amplificaron las supuestas bondades de las políticas en cuestión, quedando pocos espacios críticos. El círculo vicioso que se supo construir con semejante desbalance de poder produjo un sabor muy amargo para las mayorías que debieron asumir las consecuencias. 
En América del Sur, donde se aplicaron con mayor fuerza estas políticas, hubo una reacción ciudadana a finales de los años noventa que apoyó un liderazgo revisionista. Una vez en el gobierno pusieron en marcha algunas medidas destinadas a amortiguar la devastación que habían dejado los procesos de ajuste estructural. Las políticas lograron reducir en parte la pobreza, aunque de manera coyuntural, pero no hubo mejoras sustanciales en la prestación de  bienes públicos o mejoras en la calidad de vida a pesar de los cambios introducidos. El formato de alta concentración de los ciclos de acumulación permaneció intacto mientras el enorme poder de influencia penetró también en algunos de esos liderazgos críticos a través de redes de corrupción al más alto nivel.
El descrédito y la desconfianza, al fracasar los proyectos revisionistas, profundizaron todavía más la brecha entre ciudadanos y políticos.  La situación generó un marco para que algunos profetas pudieran conectar con ciertos sectores a través de propuestas simplistas y reaccionarias. La emergencia de personajes como Jair Bolsonaro fue el efecto retardado de una marea que había comenzado en democracias más consolidadas.
Donald Trump en Estados Unidos ha sido el adalid del impulso a medidas duras, pero encontró frenos y contrapesos institucionales que evitaron, hasta el momento, que la mayoría de sus intentonas se concretaran. El país, sin embargo, se mantiene fracturado y en una tensión exasperante que imposibilita un consenso mínimo sobre temas cruciales como el desafío de la hiperconcentración de la riqueza, la relocalización de empresas y el cambio tecnológico, fenómenos que están afectado gravemente a la economía y sociedad estadounidense.
En este desafinado concierto sorprende el caso de gobernantes que logran mantener un alto nivel de aprobación en su gestión de gobierno. Uno de esos casos es el de Marcelo Rebelo de Sousa, presidente de Portugal, quien está ejerciendo un liderazgo que posibilita ilusionarnos con un camino alternativo de salida al intríngulis que nos agobia.
En diversas crónicas se describe la cercanía permanente que ejerce con sus compatriotas, conectando con cada uno de ellos de manera afectuosa, transmitiendo sinceras palabras de consuelo y esperanza. Ese despliegue de humanismo en contacto directo con la ciudadanía es algo que Rebelo de Sousa cultiva para intentar recomponer el vínculo que se ha roto. Aunque necesarios los gestos para recrear la esperanza y torcer el rumbo, serían insuficientes de no estar acompañados de decisiones concretas.
El contacto con la base es lo que sirve de apoyo y sustento para llevar adelante posteriormente políticas que serán resistidas por inmensas fuerzas. Desde abajo hacia arriba, como propone este político portugués, se pueden entonces apalancar algunos de los cambios que terminan por respaldar la credibilidad que pone en juego en el terreno y que mejoran sustancialmente la calidad de vida de los ciudadanos.
Las políticas que empuja Rebelo de Sousa no solo van a contramarcha del credo del derrame, sino que también permiten reducir los niveles de déficit y asegurar la estabilidad macroeconómica. En el corazón de las medidas está una mayor carga fiscal sobre los sectores que más ingresos generan de modo de poder financiar políticas universales de educación y salud. Es una política que buscar recuperar el sentido ético perdido en la búsqueda sin equilibrios de la eficiencia económica.  
El caso de Portugal, con un ejercicio de liderazgo político ejemplar, demuestra que el capital no huye cuando se graba a los sectores de mayores ingresos y que por el contrario el vínculo con la política se reafirma en la posibilidad de una común unión en la que además del ejercicio de libertad, la fraternidad hace posible una mayor igualdad de oportunidades.

domingo, 24 de marzo de 2019

Jacinda Ardern, “el sueño sigue vivo”

por Santiago Mariani


El 15 de marzo de 2019 se desató en Nueva Zelanda, un país reconocido por su apertura a la diversidad y hospitalidad con los inmigrantes, la peor tragedia de su historia como nación. En esa jornada un supremacista blanco descargó su odio en la mezquita de Al Noor, en la localidad de Christchurch, contra los feligreses que, con motivo del día del rezo de los musulmanes, se encontraban allí celebrando pacíficamente su culto religioso. La masacre con las armas semiautomáticas que utilizó el atacante comenzó en Al Noor y prosiguió en la mezquita en Linwood. Hubo 49 víctimas fatales y 48 heridos de distinta gravedad como consecuencia de los actos terroristas. 

El responsable de esta indiscriminada masacre, planeada y premeditada durante dos años según informó la policía de nueva Zelanda, plasmó las razones de su delirante proceder en un manifiesto de 72 páginas en el que apunta contra el supuesto peligro que entraña para los blancos la “invasión” de inmigrantes seguidores del islamismo.

La tragedia conmovió los cimientos de la sociedad de Nueva Zelanda. La primera ministra Jacinda Ardern se dirigió a sus compatriotas desde el Parlamento con un discurso sereno, empático, pero firme.  En su alocución señaló que el principal sospechoso de la barbarie, un hombre blanco de 28 años enfrentaría “toda la fuerza de la ley de Nueva Zelanda” y que los familiares de los caídos encontrarían justicia. En otro emotivo pasaje remarcó su negativa a pronunciar el nombre del atacante: “El puede haber buscado notoriedad, pero en Nueva Zelanda no le daremos nada. Ni siquiera su nombre”.  La original propuesta estuvo acompañada de un pedido al resto de sus compatriotas de nombrar y recordar solamente a los que perdieron la vida.

Después de su discurso, la jefa del gobierno se abocó a llevar consuelo a los familiares de las víctimas. En las imágenes que se difundieron se la puede ver abrazando a los deudos, con ojos llorosos y susurrando palabras de alivio mientras lleva el yihab en su cabeza como señal de respeto. Su mensaje de consuelo estuvo acompañado de declaraciones públicas en las que enfatizó que la comunidad inmigrante atacada formaba parte de su país, “ellos son nosotros”. Además de las diversas muestras de compasión que realizó en persona, visitó a líderes musulmanes a los que aseguró, según trascendió, que su principal tarea consistiría en “garantizar su seguridad, su libertad de culto y su libertad para expresar su cultura y religión”.

La concordia ensayada por Ardern a través de declaraciones y gestos apaciguadores marcaron el tono de la respuesta de su gobierno ante la barbarie. El ejemplo contagió e inspiró a sus compatriotas que respondieron con gestos similares hacia la comunidad musulmana. La actitud de su líder, en momentos de zozobra y desesperación, parece haber sido crucial para que los ciudadanos desplegaran sus mejores valores a través de muestras de compasión, respeto y consideración con sus semejantes.

Pasaron solo unos pocos días de la tragedia para que una decidida primera ministra anunciara medidas concretas destinadas a evitar que las armas semiautomáticas y automáticas, así como los accesorios que las convierten en esa condición, puedan caer nuevamente en manos de cualquiera. Su actitud marcó una diferencia con los líderes de otras sociedades países que vienen siendo jaqueados, desde hace años, por ataques con armas de guerra y que a pesar de este flagelo los intereses particulares logran frenar cualquier intento de regulación. En Nueva Zelanda la primera ministra ha decidido rápidamente priorizar los intereses generales de su comunidad para evitar o minimizar la posibilidad de un nuevo ataque.

La implementación de la prohibición anunciada rondaría entre los 100 a 200 millones de dólares, un costo que están dispuestos a asumir en este país para lograr mayor seguridad. La medida impulsada por la primera ministra, que entraría en vigor en el mes de abril, implica afrontar varios desafíos para su éxito como recuperar el armamento de grueso calibre que se encuentra en manos de los ciudadanos de Nueva Zelanda, que superarían el millón de unidades, o impedir una compra frenética de nuevas armas antes que comience a regir.

Además de las medidas impulsadas, Ardern también se pronunció sin tapujos sobre la necesidad de mayor control y la responsabilidad que deben asumir las empresas que gestionan las redes sociales. La premisa de la primera ministra sobre la regulación del uso de las redes representa una clara toma de posición frente a los que defienden una irrestricta libertad de expresión. Hay creciente evidencia de uso propagandístico de las redes sociales con fines de odio, violencia y fanatismo. La capacidad de alcanzar audiencias de fanáticos en muchos lugares podría explicar de alguna manera la relación de cierta causalidad entre un uso malicioso de las redes sociales con el avance de opciones políticas reaccionarias basadas en plataformas que propugnan el rechazo a la inmigración, el nacionalismo xenófobo y la negación hacia la diversidad.

El mensaje conciliador, integrador y de respeto hacia la diversidad esgrimido por Jacinda Ardern como respuesta a la brutal masacre en su país, ha despertado admiración y esperanza en diversas latitudes. Su valiente prédica y las medidas impulsadas van a contracorriente de una marea política que jaquea desde los extremos con propuestas regresivas que promueven una agenda divisoria, de exclusión y promoción de intereses particulares en contra de los intereses generales.

El ejercicio de liderazgo que está desplegando, a tono con sus creencias, es un faro que vuelve a poner luz sobre la empatía, el cuidado y respeto hacia la diversidad, un valor que nos distingue como seres humanos, pero que viene perdiendo brillo ante propuestas reaccionarias que encarnan jefes de gobiernos autoritarios que encandilan a seguidores en varios países con sus propuestas retrógradas.

Los vientos que soplan generan un contexto en el cual resulta más cómodo acoplarse a la tendencia política que propone respuestas simples y efectistas a problemas complejos. La alternativa que nos propone esta joven política de Nueva Zelanda la coloca, por el contrario, en un lugar de cierta incomodidad porque supone movilizar a la ciudadanía a enfrentar estos desafíos de otra manera, sin complacencia ni atajos, asumiendo lo mejor de la condición humana y todo aquello que nos hace civilizados. La forma de ejercer liderazgo de la primera ministra de Nueva Zelanda nos recuerda, parafraseando al senador Ted Kennedy, que “el sueño sigue vivo”.

Perfiles de coraje en tiempos de incertidumbre

por Santiago Mariani

En el proceso electoral de 2016 el supuesto que circulaba sobre el candidato Donald Trump era que difícilmente podría llevar adelante una plataforma electoral con propuestas tan extrañas a la política estadounidense. Las medidas que ha ido tomando en los primeros días como presidente confirmaron lo contrario. A diferencia de lo que muchos pensaban, los diques de contención institucionales que supuestamente les pondrían un freno a sus intenciones, no parecen estar funcionando. Se van confirmando así los peores presagios del padre de la Constitución Norteamericana, James Madison, quien advirtió que la forma de gobierno republicana podía desarrollar instituciones sólidas pero finalmente su vitalidad iba a depender de los hombres. Es por eso que intentaron construir un sistema que evitara el abuso del poder, dado que no se puede descansar en las virtudes de aquellos que elegimos para gobernar. Trump está poniendo a prueba la fortaleza de ese sistema y empujando los límites como ningún otro presidente.
Las malas noticias no llegan solamente desde la Casa Blanca. El rumbo errático que comienza a corroer los cimientos que habían convertido a Estados Unidos en la primera potencia, se replica de otra forma en la orilla opuesta del Atlántico. Los británicos, enojados con la realidad que atraviesan, han dicho a sus líderes políticos que cancelen la membresía en el más exitoso proceso político que supieron forjar los europeos al finalizar la Segunda Guerra Mundial. El contagio ha sido rápido y algunos de los países que componen este gran bloque, bajo el influjo de estos cantos de sirena, comienzan también a entusiasmarse con retroceder hacia sus propias realidades nacionales. Europa, como faro de civilización, comienza a cotizar a la baja.
Soplan vientos que hacen crujir la legitimidad del orden liberal que con tanto esfuerzo se venía construyendo en las últimas décadas, para convertir al mundo en un lugar más civilizado para los seres humanos. La alternativa que se fortalece es de signo inverso. La propuesta en formato de tabla de salvación son los muros que permitirán el regreso al paraíso perdido. La idea de frenar y combatir a ese mundo hostil es un elixir poderoso que cotiza en alta entre los más radicales. Los márgenes para sostener la racionalidad se achican y el costo también se eleva para aquellos que predican en el desierto, defendiendo la racionalidad política que se escurre como arena entre los dedos ¿Hacia dónde mirar para sostener la esperanza con políticos que desplieguen, citando la obra de John F. Kennedy, “«perfiles de coraje»”?
Estamos viendo cómo la brújula de ese camino de progreso liberal que lideraban las naciones más desarrolladas está dejando de marcar un rumbo claro. En distintos medios los menos pesimistas nos sugieren anclar nuestras pocas esperanzas en el ejemplo del primer ministro de Canadá, Justin Trudeau. Nos señalan que es una de las pocas tablas en donde sostenernos ante los valores que se resquebrajan. Esa recomendación proviene del despliegue de este político en medio de los huracanes que nos azotan. Un ejemplo de ello pudimos verlo recientemente cuando se reunió con un grupo de refugiados sirios que querían agradecerle el gesto de haberles dado la bienvenida en persona hace un año. Las sentidas palabras de los refugiados, que lo emocionaron hasta las lágrimas, dejan acaso en claro que esas políticas de promoción de la diversidad nos fortalecen como civilización, y es allí donde debemos volver.
Si Diógenes estuviera entre nosotros buscando a un hombre con su linterna, probablemente se detendría en Trudeau, un político que toma decisiones que contrastan con el encandilamiento de esos fuegos de artificio, que le lanzan los demagogos a tantos ciudadanos que hoy se encuentran llenos de ira con sus dirigentes. Hay algunos perfiles de coraje que todavía sostienen nuestras esperanzas en medio de tanta incertidumbre.
Publicado en Con Distintos Acentos, el 9-2-2017
http://www.condistintosacentos.com/perfiles-de-coraje-para-tiempos-de-incertidumbre/